«Demos testimonio del bien, lejos de la agitación mediática»
Eminencia, con motivo del 25.º aniversario de su ordenación episcopal, que celebrará el 19 de marzo de 2026, ¿qué acción de gracias particular eleva a Dios?
El 19 de marzo es la fecha en que Juan Pablo II me consagró obispo, junto con otros eclesiásticos, al mismo tiempo que me nombraba su representante diplomático en Irak y Jordania. Con ello concluía mi estancia en Hong Kong, donde había pasado ocho años aprendiendo a amar y a conocer a la Iglesia en China, una Iglesia que salía de largos años de sufrimiento y martirio. Allí conocí a numerosos hombres y mujeres que habían dado un auténtico testimonio de fe, y también escuché o leí el relato del martirio de muchos otros. Por ello, considero que fue un tiempo de profunda acción de gracias a Dios por haberme permitido descubrir una realidad cuya existencia a menudo se ignora o de la que se sabe muy poco. Yo la conocía bien, pues estaba en contacto directo con quienes habían sufrido y de quienes recibía testimonios escritos de un valor espiritual y eclesial inconmensurable, fruto de décadas de duras pruebas. Dejaba, por tanto, una experiencia extremadamente importante, profundamente marcada por la fe, gracias al testimonio de aquellos hombres y mujeres —religiosos y religiosas, laicos y no laicos— que habían sufrido bajo el comunismo chino. Cuando el papa Juan Pablo II me eligió para el episcopado, me resultaba difícil decir que no. A veces pensaba en una célebre frase de san Agustín de Hipona: «Es más glorioso dejar el peso del episcopado […] que haberlo aceptado para gobernar» (Sermón 340, 1). Esto expresa bien que se trata de una gran responsabilidad y que somos conscientes, humanamente hablando, de nuestra insuficiencia en los planos humano, cultural, espiritual y pastoral. También me atraía mucho otra expresión de san Agustín y, como si dialogara con él, le decía: «Bueno, tú la aceptaste». Y sentía que me respondía: «No puedo sustraerme a la voz de Dios». Tras unos días de reflexión, acepté, ya que me resultaba imposible eludir la lógica de la obediencia al llamamiento pontificio y la plenitud del ministerio sacerdotal que conlleva el episcopado. Poco tiempo después dejé Hong Kong y me preparé para esta nueva misión como obispo y representante pontificio en Irak y Jordania. Se trataba de países complejos. Jordania, aunque relativamente tranquila, necesitaba apoyo debido a la escasa presencia cristiana. Irak, por su parte, era un país marcado por un pasado reciente de fuertes turbulencias, donde existían pequeñas Iglesias sui iuris, mientras que la mayoría de la población era musulmana, chiita y sunita.
¿Podría hablarnos de sus años de formación durante su juventud y decirnos cuáles fueron los modelos sacerdotales y pastorales que marcaron su camino?
Mi vocación se afirmó en Apulia, mi región de origen, en una época particularmente importante para la vida de la Iglesia universal. Era el periodo posterior al pontificado de Pío XII, durante el cual el papa Juan XXIII y, sobre todo, el Concilio Vaticano II, impulsaron una renovación muy intensa. En aquel tiempo, en el seminario, no se hablaba durante el almuerzo ni la cena, salvo los domingos, pero leíamos y escuchábamos con atención los informes del Concilio. De cierta manera, aunque éramos jóvenes y no participábamos directamente en él, estábamos inmersos en sus acontecimientos, siguiendo con esfuerzo la complejidad teológica y social de lo que sucedía. Prestábamos especial atención a los reportajes de los periodistas y conversábamos sobre los grandes teólogos, que despertaban en nosotros un profundo deseo de conocerlos. Recuerdo que para mí fue un periodo decisivo, durante el cual descubrí a la Iglesia en toda su riqueza. No es casualidad, además, que al elegir mi divisa episcopal pensara en Lumen gentium Christus —«Cristo es la luz de los pueblos»—, las tres primeras palabras de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. Más tarde, después del Concilio, mientras estudiábamos teología, nos sentábamos en los mismos bancos que habían ocupado los padres conciliares, repartidos por la Santa Sede entre los seminarios italianos tras liberar la basílica de San Pedro. Entre las personas que marcaron mi formación, recuerdo, sobre todo, a un padre espiritual que me acompañó en un momento decisivo de mi vida y me ayudó a discernir mi vocación. Su guía fue determinante para decidir si debía continuar con mi camino cuando tenía dieciocho años. En cuanto a las figuras de la Iglesia, me impresionó la extraordinaria humanidad de san Juan XXIII, la profundidad intelectual y el sufrimiento interior de Pablo VI, y también la entrega silenciosa de simples párrocos, que vivían de manera ordinaria pero siempre disponibles en su servicio diario en las iglesias locales. La vida misionera me fascinaba profundamente, y la veía como una opción seria para mi futuro ministerio.



Nunciatura Apostólica en Bagdad