«Demos testimonio del bien, lejos de la agitación mediática»

Entrevista con el cardenal Fernando Filoni con motivo del 25.º aniversario de su ordenación episcopal (19 de marzo de 2026)

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Eminencia, con motivo del 25.º aniversario de su ordenación episcopal, que celebrará el 19 de marzo de 2026, ¿qué acción de gracias particular eleva a Dios?

El 19 de marzo es la fecha en que Juan Pablo II me consagró obispo, junto con otros eclesiásticos, al mismo tiempo que me nombraba su representante diplomático en Irak y Jordania. Con ello concluía mi estancia en Hong Kong, donde había pasado ocho años aprendiendo a amar y a conocer a la Iglesia en China, una Iglesia que salía de largos años de sufrimiento y martirio. Allí conocí a numerosos hombres y mujeres que habían dado un auténtico testimonio de fe, y también escuché o leí el relato del martirio de muchos otros. Por ello, considero que fue un tiempo de profunda acción de gracias a Dios por haberme permitido descubrir una realidad cuya existencia a menudo se ignora o de la que se sabe muy poco. Yo la conocía bien, pues estaba en contacto directo con quienes habían sufrido y de quienes recibía testimonios escritos de un valor espiritual y eclesial inconmensurable, fruto de décadas de duras pruebas. Dejaba, por tanto, una experiencia extremadamente importante, profundamente marcada por la fe, gracias al testimonio de aquellos hombres y mujeres —religiosos y religiosas, laicos y no laicos— que habían sufrido bajo el comunismo chino. Cuando el papa Juan Pablo II me eligió para el episcopado, me resultaba difícil decir que no. A veces pensaba en una célebre frase de san Agustín de Hipona: «Es más glorioso dejar el peso del episcopado […] que haberlo aceptado para gobernar» (Sermón 340, 1). Esto expresa bien que se trata de una gran responsabilidad y que somos conscientes, humanamente hablando, de nuestra insuficiencia en los planos humano, cultural, espiritual y pastoral. También me atraía mucho otra expresión de san Agustín y, como si dialogara con él, le decía: «Bueno, tú la aceptaste». Y sentía que me respondía: «No puedo sustraerme a la voz de Dios». Tras unos días de reflexión, acepté, ya que me resultaba imposible eludir la lógica de la obediencia al llamamiento pontificio y la plenitud del ministerio sacerdotal que conlleva el episcopado. Poco tiempo después dejé Hong Kong y me preparé para esta nueva misión como obispo y representante pontificio en Irak y Jordania. Se trataba de países complejos. Jordania, aunque relativamente tranquila, necesitaba apoyo debido a la escasa presencia cristiana. Irak, por su parte, era un país marcado por un pasado reciente de fuertes turbulencias, donde existían pequeñas Iglesias sui iuris, mientras que la mayoría de la población era musulmana, chiita y sunita.

 

¿Podría hablarnos de sus años de formación durante su juventud y decirnos cuáles fueron los modelos sacerdotales y pastorales que marcaron su camino?

Mi vocación se afirmó en Apulia, mi región de origen, en una época particularmente importante para la vida de la Iglesia universal. Era el periodo posterior al pontificado de Pío XII, durante el cual el papa Juan XXIII y, sobre todo, el Concilio Vaticano II, impulsaron una renovación muy intensa. En aquel tiempo, en el seminario, no se hablaba durante el almuerzo ni la cena, salvo los domingos, pero leíamos y escuchábamos con atención los informes del Concilio. De cierta manera, aunque éramos jóvenes y no participábamos directamente en él, estábamos inmersos en sus acontecimientos, siguiendo con esfuerzo la complejidad teológica y social de lo que sucedía. Prestábamos especial atención a los reportajes de los periodistas y conversábamos sobre los grandes teólogos, que despertaban en nosotros un profundo deseo de conocerlos. Recuerdo que para mí fue un periodo decisivo, durante el cual descubrí a la Iglesia en toda su riqueza. No es casualidad, además, que al elegir mi divisa episcopal pensara en Lumen gentium Christus —«Cristo es la luz de los pueblos»—, las tres primeras palabras de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. Más tarde, después del Concilio, mientras estudiábamos teología, nos sentábamos en los mismos bancos que habían ocupado los padres conciliares, repartidos por la Santa Sede entre los seminarios italianos tras liberar la basílica de San Pedro. Entre las personas que marcaron mi formación, recuerdo, sobre todo, a un padre espiritual que me acompañó en un momento decisivo de mi vida y me ayudó a discernir mi vocación. Su guía fue determinante para decidir si debía continuar con mi camino cuando tenía dieciocho años. En cuanto a las figuras de la Iglesia, me impresionó la extraordinaria humanidad de san Juan XXIII, la profundidad intelectual y el sufrimiento interior de Pablo VI, y también la entrega silenciosa de simples párrocos, que vivían de manera ordinaria pero siempre disponibles en su servicio diario en las iglesias locales. La vida misionera me fascinaba profundamente, y la veía como una opción seria para mi futuro ministerio.

San Pablo VI ocupó un lugar especial en su vida. ¿De qué manera lo influyó más profundamente y qué virtud de este hombre de Iglesia le inspiró en mayor medida?

Cuando era joven —primero seminarista y luego sacerdote—, Pablo VI representaba la gran inquietud de una Iglesia frente a un mundo en plena transformación. Era un hombre profundamente atormentado: por un lado, contaba con el apoyo del Concilio, que lo acompañaba a él y a toda la Iglesia; por otro, vivía en una época y en un mundo que se desviaban de su rumbo, lo que le generaba una fuente constante de angustia. Además, existían crisis dentro de la propia Iglesia, pues algunos miembros del clero y de la vida religiosa abandonaban su vocación, mientras que muchos laicos buscaban orientaciones políticas contrarias a la tradición viva de la doctrina. En medio de todo ello, la virtud de humildad de Pablo VI me impresionaba sobremanera. El papa sufría mucho —algo de lo que todos éramos conscientes— y el panorama pastoral de la Iglesia parecía no tener salida. Tampoco podemos olvidar que la juventud vivía un periodo de plena revolución y que la moral misma parecía casi rechazada. La pertenencia a la Iglesia ya no se entendía como un deber impuesto, sino como una elección vocacional.

 

¿Conoció a san Pablo VI en persona?

No, personalmente nunca lo conocí, aunque fui sacerdote en Roma y seguí de cerca algunas de sus actividades. En aquella época, vivía cerca de San Pablo Extramuros, un periodo muy intenso. Por ejemplo, el abad Giovanni Franzoni, que cuestionaba muchas formas de ser Iglesia, se encontraba precisamente en esa basílica. Según su visión, la Iglesia debía volverse populista y acercarse a la izquierda política, de modo que la tradición histórico-teológica cediera paso a una teología popular inspirada en Latinoamérica.

Fueron años difíciles, marcados por la violencia de las Brigadas Rojas. En aquel tiempo enseñaba en un liceo clásico en Roma y veía de cerca el sufrimiento y las dificultades de las familias, así como la contestación violenta de algunos grupos de estudiantes politizados que cuestionaban todo y a todos. A veces me tocaba acudir al tribunal para defender a alumnos que habían sido detenidos por la policía durante manifestaciones callejeras. Con frecuencia, los verdaderos manifestantes e instigadores de la violencia desaparecían, dejando que los jóvenes asumieran las consecuencias de estas protestas.

La crisis pastoral de aquel periodo también era muy grave. Las iglesias comenzaban a vaciarse, los jóvenes ya no participaban en las asociaciones tradicionales y la fe misma estaba siendo puesta en cuestión. Era necesario imaginar un nuevo tipo de pastoral, capaz de adaptarse mejor a la realidad humana y social de los jóvenes y de las propias parroquias.

¿Qué nos diría de sus primeros años de servicio en Sri Lanka, Irán y Brasil? ¿Hay rostros y encuentros que se hayan quedado grabados en su corazón?

Me incorporé al servicio diplomático de la Santa Sede tras terminar mis estudios en Roma. Al cabo de ocho años, el obispo me dijo: «Es hora de regresar a la diócesis». Mi diócesis era Nardò. Cuando fui a saludar al vicario del papa en Roma, el cardenal Poletti, este me comentó: «Mire, hay muchos sacerdotes en su diócesis, y la Secretaría de Estado me pide encontrar personas capaces de desempeñar este servicio diplomático que tanto necesitan». Respondí: «Ciertamente no me corresponde a mí decidir, sino a mi obispo», quien aceptó de buen grado que comenzara esta misión. Como ya había terminado mis estudios, mi formación jurídica y diplomática duró solo dos años, el mínimo previsto por la normativa de entonces. Tras ello, en mayo de 1981 — pocos días antes del atentado contra Juan Pablo II— me enviaron a Sri Lanka, donde me desempeñé como secretario de la nunciatura. Fue una experiencia sumamente interesante, pues la Iglesia católica en Sri Lanka estaba poco representada, con apenas un 7 u 8 % de la población. La mayoría era budista, con importantes minorías hindúes y musulmanas. Para mí, fue una verdadera escuela, un terreno de entrenamiento donde descubrir realidades religiosas completamente diferentes e interesantes. A su vez, contaba con un nuncio muy amable, de gran corazón, que mostraba una visión positiva de estas religiones, gracias al cual comencé a conocer estas nuevas experiencias. Sri Lanka es un país fascinante, tanto por su geografía como por su realidad social, pero difícil debido a las divisiones entre los grupos étnicos: cingaleses (budistas), tamiles (hindúes) y moros (musulmanes). Por otro lado, los cristianos pertenecían a las etnias cingalesa y tamil. Sin embargo, entre los cingaleses budistas —mayoría— y los tamiles hindúes existían divergencias profundas que, en aquella época, desembocaron en enfrentamientos armados y, más tarde, en una guerra que duró veintisiete años y causó miles de víctimas. Desde el principio me encontré inmerso en este largo periodo de violencia y fui testigo de inmensos sufrimientos: personas asesinadas, casas incendiadas, detenciones, toque de queda... Recuerdo una ocasión particularmente delicada: una religiosa que me acompañaba decía que habíamos arriesgado nuestra vida en un control de carretera porque no habíamos respetado el toque de queda y queríamos ayudar a personas en dificultad. Fueron tres años durante los cuales descubrí un país magnífico y acogedor, habitado por gente extraordinaria, pero también aprendí lo que significan el odio y la violencia.

 

¿Qué recuerdos guarda de Irán?

Partí a Irán justo después de mi misión en Sri Lanka. Era 1983 y permanecí allí dos años. El país estaba sacudido por la revolución jomeinista. Incluso en Teherán, la situación era muy difícil. La presencia cristiana era realmente escasa, con apenas unos miles de fieles. Además, se vivía la guerra entre Irán e Irak, un conflicto que duró ocho años y que traía consigo enormes dificultades y riesgos. Todas las noches, los aviones iraquíes bombardeaban la zona y la defensa antiaérea producía un ruido ensordecedor para impedir que los cazabombarderos alcanzaran sus objetivos. Recuerdo al nuncio, un hombre muy simpático, que me decía: «No voy a esconderme en el sótano, no quiero morir como un ratón, prefiero morir en mi cama». Es una broma simpática, pero que refleja cómo, incluso en situaciones extremas, hay que afrontar la vida con un poco de humor y confianza en Dios. A menudo subía a la terraza para observar de dónde venían los disparos y dónde caerían los bombardeos, un comportamiento algo inconsciente por mi parte, pues las balas caían por todas partes. Sin embargo, en el fondo, aprendíamos a vivir la misma realidad trágica que la gente del país. ¡Y cuánto sufrieron! ¡Cuántas miles de víctimas! Allí también empecé a descubrir el mundo musulmán, en particular el chiita, con dinámicas muy diferentes a las de Occidente y al mundo sunita. Irán, un país hermoso, estaba entonces en conflicto abierto con Estados Unidos, cuya embajada permanecía sitiada. El ayatolá Ruhollah Jomeini aún vivía, y la República islámica estaba en proceso de consolidación. La nunciatura estaba fuertemente vigilada, pero logramos desenvolvernos con prudencia y, diría, sin grandes dificultades. No obstante, varios establecimientos escolares de la Iglesia habían sido incautados, por lo que la actividad pastoral se concentraba principalmente en los fieles tradicionales —caldeos, armenios y latinos—, bajo una estricta vigilancia.

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Después de Irán, se unió a la Secretaría de Estado. ¿Cómo vivió ese período?

En la Secretaría de Estado me ocupé de las organizaciones internacionales, de las Naciones Unidas y de todas las instituciones en las que participaba la Santa Sede, ya fuera como miembro o como observador. Fueron años de formación en diplomacia multilateral, en los que me sentí profundamente fascinado por los grandes desafíos de los años 80. Por ejemplo, la «cuestión de la mujer y de la familia» comenzaba a cobrar importancia, y Juan Pablo II subrayaba la necesidad de dedicarle la debida atención. Otro asunto prioritario era la persecución de la Iglesia en los países comunistas de Europa y Asia, sobre el que quería mantenerse plenamente informado. De vez en cuando, el santo padre nos invitaba a almorzar para informarse sobre cómo marchaban las cosas. Debo confesar que, en esas ocasiones, me costaba comer, en parte por la emoción y en parte por tratar de comprender con precisión el pensamiento del papa y de mis superiores. Fueron cuatro años muy intensos. Más tarde, con el cambio del substituto, su sucesor me ofreció la posibilidad de partir a Brasil.

 

¿Cómo fue su estancia en Brasil?

Permanecí en Brasil de 1989 a 1992. Era un mundo completamente distinto de mis experiencias anteriores: un país pacífico, pero con numerosos desafíos sociopolíticos y religiosos. En realidad, más que un país, Brasil es un continente en sí mismo, con una enorme diversidad de culturas, tradiciones, etnias, modos de vida y formas de ser. En el ámbito religioso también se percibían innumerables formas de expresión, desde la religión católica —predominante— hasta otras manifestaciones cercanas a un sincretismo que abarcaba todas las sensibilidades del país. Dentro de la Iglesia católica, la situación era compleja debido a la influencia de la teología de la liberación, cuyos representantes eran muy activos y, en ocasiones, se desviaban del camino en el plano socio-ideológico. Esto requería un gran compromiso de nuestra parte, ya que nuestra misión consistía en estudiar estas realidades complejas, mantener contactos con las diócesis, atender a sus necesidades y, sobre todo, encargarnos de la nominación de los obispos. Brasil contaba con más de doscientas diócesis, por lo que era necesario trabajar sin descanso para identificar candidatos al episcopado y familiarizarse con las diferentes realidades diocesanas. Para mí, fue una experiencia formidable desde el punto de vista eclesiológico, y el pueblo brasileño se mostró sumamente acogedor y generoso en amistad. Guardo numerosos recuerdos extraordinarios de estas personas.

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Su misión diplomática en Hong Kong desempeñó un papel muy importante en la historia de la Iglesia en China durante el pontificado de Juan Pablo II. ¿También viajó a Pekín? ¿Cuál es la experiencia espiritual que más le marcó y cómo la interpreta personalmente hoy en día?

Así fue como sucedió: yo me hallaba en Brasilia, mientras el nuncio Alfio Rapisarda se encontraba en Santo Domingo con motivo de la reunión de Juan Pablo II con el episcopado latinoamericano. Un día de octubre, el nuncio me llamó por teléfono y me comunicó: «Escuche, mis superiores me han indicado que usted será trasladado a China». La noticia me tomó por sorpresa, a lo que respondí: «Bueno, vamos a ver de qué se trata», ya que desconocía aquel universo del Lejano Oriente, que empecé a descubrir al llegar a Hong Kong antes de que finalizara 1992. Unos años antes, la Santa Sede había abierto allí una misión de estudio. No podía existir una nunciatura, ya que el territorio estaba bajo soberanía británica y pasaría bajo control chino algunos años más tarde. No existían relaciones diplomáticas entre China y la Santa Sede desde la fundación de la República Popular China por Mao Zedong, y el nuncio no era bienvenido. Fue entonces cuando se instaló en Taiwán, en la República de China. Durante mi estancia en Hong Kong, la nunciatura de Taipéi estaba dirigida por encargados de negocios y se ocupaba únicamente de la isla. Mi tarea consistía en atender las dos diócesis de Hong Kong y Macao, y seguir la evolución política de China continental, en plena transformación tras la toma del poder por Deng Xiaoping, así como la situación de la Iglesia, que comenzaba a salir, por así decirlo, de las catacumbas. Tras la muerte de Mao Zedong, Deng Xiaoping había iniciado una apertura socioeconómica, pero no se sabía cómo afectaría a las religiones y, en particular, a la Iglesia católica, controlada en gran medida por la Asociación Patriótica. La caída de la Unión Soviética y de los regímenes comunistas, así como el papel de la Iglesia bajo Juan Pablo II, eran cuestiones que también preocupaban a los dirigentes chinos. Después de más de veinte años de persecución de los cristianos, se conocía muy poco sobre la situación real. Fue entonces cuando me trasladé a Hong Kong y comencé a estudiar el panorama. Juan Pablo II se interesaba mucho por la Iglesia en este lugar: ¿cuántos obispos había? ¿Quiénes eran y cuál era su estatus canónico? ¿Cuántos sacerdotes había? ¿Cómo se desarrollaba su formación? ¿Cómo funcionaban las parroquias? ¿Habían sobrevivido las diócesis?

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En esa época, algunos obispos, reconocidos por el papa, habían recibido el derecho de elegir a sus propios sucesores, privilegio que posteriormente fue revocado por Benedicto XVI. Otros, en cambio, designados por la Asociación Patriótica —una emanación del Partido Comunista de China destinada a separar a la Iglesia china de Roma—, carecían de legitimidad. Algunos de ellos, sin embargo, habían pedido perdón al papa, mientras que otros no. Ante esta situación, resultaba necesario y fundamental clarificar una realidad tan compleja, sin oponerse por ello al régimen comunista de Pekín y, al mismo tiempo, ofrecer esperanza a la Iglesia en China, dado que la situación era extremadamente difícil. Así comenzó este extraordinario periodo de descubrimiento y aprendizaje. Por mi parte, me dedicaba sin descanso a recopilar información y noticias, así como a prestar ayuda de todas las formas posibles. Mi pasaporte diplomático no era reconocido en la República Popular China, pero aun así pude viajar a Pekín y a otras ciudades para participar en reuniones internacionales que el gobierno chino no objetaba. Hong Kong era un observatorio excepcional y una puerta de entrada a China, lo que me permitía obtener información de primera mano. Fue una experiencia formidable, una verdadera escuela, donde descubrí el martirio de una Iglesia. Como decía a Juan Pablo II y, más tarde, a los papas Benedicto XVI y Francisco: «Nunca olviden que en China hoy no se sufre por Cristo, sino por la fidelidad al papa».

Recuerdo que al mostrar a Juan Pablo II el primer anuario de las diócesis chinas que había elaborado, el papa se mostró profundamente conmovido. Era la primera vez que veía las fotos de los obispos chinos y, interesado por cada novedad, suspendió todas las demás audiencias previstas.

Era necesario apoyar a todos, así como favorecer el diálogo y fomentar la comunión entre ellos. Pasé más de ocho años trabajando en este tema, durante los cuales conocí a numerosos obispos, afronté muchas situaciones complejas y actué siempre con prudencia. También tuve la oportunidad de conocer y visitar algunas pequeñas realidades en Shanghái, Pekín y Hangzhou, mientras que de otras me informaba a través de los relatos de quienes se trasladaban a China. Por otra parte, la Iglesia desarrollaba numerosas obras de caridad en el ámbito humano y social, acompañando a leprosos, niños y personas pobres, aunque, por prudencia, se evitaba hablar de ello.

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En Irak, más adelante, durante la guerra emprendida por Estados Unidos y sus aliados, usted fue el único diplomático que no abandonó el país. A menudo menciona a una niña, Nur, que encarna precisamente el símbolo de la misión de la Iglesia en ese país. ¿Qué nos puede decir al respecto?

Tras concluir mi experiencia en China, después de ocho años, comencé mi misión en Irak (2001-2006), un país con una situación muy compleja. Su presidente, Saddam Hussein, era mundialmente conocido como dictador. Lo era, pero no más ni menos que muchos otros líderes de la región. El problema fundamental en Oriente Medio siempre ha sido —y sigue siendo— la seguridad de Israel y, al mismo tiempo, la «cuestión palestina», como se observa hoy con la guerra contra Irán. Durante la guerra Irán-Irak en los años 1980, Estados Unidos apoyó inicialmente a Irak. Sin embargo, cuando Saddam Hussein invadió Kuwait, cambió de postura. Pareció que primero dio su consentimiento y luego lo retiró, dejando a Saddam Hussein en una situación delicada. Él reclamaba esa zona y argumentaba: «¿Acaso el petróleo bajo Kuwait no pertenece también a Irak? ¿No están los pozos cerca de nuestra frontera? ¿Existían realmente las fronteras bajo el Imperio otomano?». No obstante, ignoraba el derecho internacional, pues, desde los acuerdos de 1915-1918, cuando las grandes potencias coloniales se repartieron Oriente Medio mediante el acuerdo Sykes-Picot, Kuwait se había consolidado como un Estado soberano.

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Por tanto, se había producido una violación del derecho internacional. Con sus recursos petroleros, Saddam Hussein adquiría armamento y convertía a Irak en una potencia militar regional, lo que suscitaba preocupación en Israel y en otros países vecinos. Tras la ocupación (1990) y expulsión de Kuwait (1991), las Naciones Unidas impusieron duras sanciones económicas al país. Descubrí un Irak que intentaba sortear estas sanciones, pero sin llegar a acuerdos con la comunidad internacional. Mi labor incluía atender a dos países: Jordania, relativamente tranquila, e Irak, que enfrentaba graves problemas internos. Mientras los kurdos del norte se sublevaban contra Saddam Hussein, los chiitas del sur también se alzaban contra su régimen. Entre Bagdad y Amán, sin posibilidad de volar debido al embargo, debía recorrer novecientos kilómetros en coche a través del desierto. El desierto posee un cierto encanto, aunque resultaba imprescindible que no sucediera nada, dado que carecíamos de avituallamiento y de teléfono.

Como Iglesia católica —caldea, siríaca, latina y melquita—, junto con las demás Iglesias cristianas, formábamos una pequeña comunidad. La libertad de culto estaba garantizada y vivíamos juntos sin demasiados problemas, pues la gente era amable y respetuosa. Por ejemplo, conservo con mucho aprecio una simple cruz pectoral fabricada por un iraquí musulmán, quien me la regaló en señal de gratitud por no haber abandonado Irak durante la segunda guerra del Golfo. Saddam Hussein tenía gran estima por la Santa Sede, ya que los nuncios siempre permanecieron en Bagdad, incluso durante la primera y la segunda guerra del Golfo, y respetaba a los cristianos.

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Usted ha escrito un libro titulado La Iglesia en la tierra de Abraham. De la diócesis de Babilonia de los Latinos a la nunciatura apostólica en Irak, publicado por la Libreria Editrice Vaticana y traducido a varios idiomas. ¿No es así?

Sí, lo escribí porque me impresionó la manera en que los cristianos habían logrado, durante siglos, sobrevivir a la intimidación, la violencia y las persecuciones que, en ocasiones, se desataban a nivel tribal, político o religioso. No olvidemos que hace un siglo, entre 1915 y 1920, en el norte de Irak, especialmente en la zona Armenia/Cilicia, tuvo lugar el gran genocidio de los cristianos, donde 1 300 000 armenios, caldeos y siríacos fueron asesinados. Algunos niegan que haya sido un genocidio, a lo que yo me pregunto: si no lo fue, ¿qué fue entonces? En la tradición litúrgica de estas iglesias de Medio Oriente, aún hoy se reza en la lengua de Jesús, preservando para todos nosotros un patrimonio de increíble riqueza. Son iglesias antiguas, a semejanza de la Iglesia latina; menos numerosas, pero extraordinariamente importantes por su historia.

De todas las personas que he conocido, Nur ocupa un lugar muy especial en mi corazón. En aquella época, era un bebé con graves discapacidades, acogido por las Hermanas de la Madre Teresa, quienes habían obtenido de Saddam Hussein el permiso para abrir una pequeña guardería —o más bien un centro de acogida— para los niños rechazados por sus familias debido a graves discapacidades físicas o mentales. Aunque generalmente se habla mal de Saddam Hussein, su decisión de confiar a las Hermanas de la Madre Teresa el cuidado de niños con enfermedades graves e incurables reveló una visión extraordinaria, positiva y respetuosa de la vida. En este sentido, solo puedo expresarme favorablemente, pues los niños y las hermanas gozaban de su protección personal.

De vez en cuando iba a visitarlas, especialmente para celebrar misa en la casa de las hermanas. Un día me dijeron: «Mire, nos han traído a un recién nacido, una niña, y la hemos llamado Nur». Nur significa «luz». Era una niña sin brazos ni piernas… pero no parecía padecer ninguna discapacidad intelectual. Las hermanas la criaron con dedicación. Lo más hermoso ocurrió durante la visita pastoral del papa Francisco a Irak, quien propuso que lo acompañara. Tras su encuentro con el jefe de Estado, el papa saludó a la comunidad cristiana en la catedral sirio-católica, donde habían tenido lugar varias decenas de muertes y atentados suicidas. A continuación, quiso hacer un gesto de amor y respeto hacia esta comunidad cristiana tan duramente probada. Entonces vi a las Hermanas de la Madre Teresa y las saludé. Les pregunté: «¿Dónde está Nur?», a lo que me acompañaron un poco más adelante, donde la joven estaba sentada en una silla de ruedas, mostrando un rostro completamente normal y, diría, hermoso. Nos encontramos con la mirada, y le dije: «Nur, ¿sabes que te conozco desde que naciste?». Hoy Nur habla en inglés y me regaló una sonrisa radiante. Fue un instante inolvidable que me hizo pensar: ¡un milagro de la Madre Teresa! Nur representa el bien que se realiza lejos de la agitación mediática.

¿Qué recuerdos guarda de Filipinas, su último puesto diplomático antes de regresar a Roma?

También fue una experiencia muy hermosa. Tras el fallecimiento del papa Juan Pablo II, el papa Benedicto XVI me envió a Filipinas, donde permanecí apenas un año, antes de ser llamado para convertirme en su colaborador cercano en julio de 2007. Mi conocimiento del país se remontaba a mi tiempo en Hong Kong, ya que viajaba allí periódicamente y contaba con acreditación como asesor cultural. El pueblo filipino resulta extraordinariamente acogedor, con una población amplia que se percibe investida de una misión en Oriente, y que sobresale por su riqueza cultural y su profunda fe. Con buen humor, me comentan que una decena de obispos, nombrados durante mi mandato como representante pontificio, conforman el denominado «club de Filoni». Son amigos cercanos, y uno de ellos ha sido elevado incluso a la dignidad de cardenal.

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Después, fue sustituto en la Secretaría de Estado y, más tarde, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, trabajando también con Benedicto XVI. ¿Qué recuerdos guarda de él?

Aprendí a conocer a Benedicto XVI trabajando a su lado como sustituto en la Secretaría de Estado. Fue un período formidable, una verdadera escuela que me permitió descubrir la Iglesia y su maquinaria administrativa, sobre todo, al convivir con un papa como Benedicto XVI, un hombre de gran estatura humana, cultura extraordinaria y profunda fe. Era un verdadero hombre de Dios cuya doctrina irradiaba sobre toda la Iglesia. Sus tres volúmenes sobre Jesús de Nazaret son de una belleza excepcional. Quienes no los conozcan deberían leerlos. Gracias a él aprendí realmente lo que significa «amar a la Iglesia». Su humildad y sabiduría me impresionaban. Cuando le presentaba cuestiones sobre las que necesitaba su opinión, lo primero que me preguntaba era: «¿Usted qué piensa? ¿Qué dice usted?», buscando conocer mi punto de vista. No imponía su opinión, sino que escuchaba, comprendía y, finalmente, decidía. Según la manera en que se le preguntaran las cosas, aceptaba, corregía, modificaba y concluía: «Hagamos así». La gran sabiduría de este hombre, que no siempre fue comprendido, residía en que no era mediático ni «woke», pues simplemente amaba la justicia y la verdad, valores a los que todos estamos llamados.

Al cabo de cuatro años, me dijo: «Tras reflexionar, he decidido, y recalco que esta es mi decisión personal, no la de otros, que usted se incorpore a Propaganda Fide —el dicasterio encargado de la labor misionera en el mundo, que supervisa unas 1200 diócesis— como prefecto». Esta decisión me permitió reencontrar mi pasión de siempre: las misiones. Fueron ocho años intensísimos. Confieso que me encantó Propaganda Fide y que todavía la amo, especialmente por su compromiso con las misiones. No se puede imaginar los enormes sacrificios de tantos hombres y mujeres, los misioneros, que entregaron su vida por el Evangelio. Durante esos ocho años, realicé más de cincuenta viajes a tierras de misión. La presencia universal de la Iglesia hoy se debe en gran parte al impulso que Propaganda Fide ha dado durante cuatro siglos, así como a su compromiso con el desarrollo humano y cultural de los pueblos. Pocos saben, por ejemplo, que en 1750 los misioneros toscanos enviados al Kurdistán encontraron una lengua hablada pero no escrita. La documentaron, elaboraron una gramática y crearon el primer léxico de 5000 palabras, publicado por Propaganda Fide.

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El papa Francisco lo nombró Gran Maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro antes de que finalizara su mandato como prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. ¿Por qué? ¿Qué descubrió en esta nueva función?

Me hice esa pregunta, aunque nunca se la planteé a nadie. Me costó mucho dejar Propaganda Fide, pues allí entregué todo mi corazón. Sin embargo, pronto comprendí que, antes de dejar ese dicasterio a los setenta y cinco años, el papa me confiaba la responsabilidad de una Orden laica presente en todo el mundo, que percibí como una gran parroquia extendida por numerosos países. Comencé mi vida eclesiástica como vicario en Roma en 1970, y ahora iba a concluirla, según la edad «canónica», como párroco, un ministerio que nunca había ejercido. ¡No es frecuente que un sacerdote no haya sido párroco al menos una vez en su vida!

La Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén nació de una intuición —que considero profética— del beato papa Pío IX en 1847, en una época en la que Israel aún no existía y la presencia de la Iglesia latina en la región había desaparecido desde los tiempos de las cruzadas. No había patriarca (obispo) ni organigrama diocesano, pues los franciscanos eran los encargados de custodiar los lugares de Jesús, preservarlos y ayudar a los peregrinos. Tras concluir un acuerdo con el sultán de Constantinopla, Pío IX deseó que el patriarca latino, después de siglos de obstáculos, reconstruyera la Iglesia en Tierra Santa, y tuvo la feliz intuición de crear una orden caballeresca encargada de apoyarla. Hoy más que nunca se comprende la importancia de que toda la Iglesia esté cerca de la Tierra de Jesús. Precisamente con este fin, la Orden reúne a unos treinta mil miembros que ofrecen generosamente su apoyo al Patriarcado y a sus obras pastorales, educativas y sociales.

El papa León XIII quiso luego que la Orden acogiera también a mujeres, las Damas, con las mismas responsabilidades que los hombres, los Caballeros. Hoy, la misión de la Orden se centra en sostener a la Iglesia Madre de Jerusalén. En este sentido, es esencial que nuestros Caballeros y Damas cultiven una profunda espiritualidad, amen y contribuyan al sostenimiento del Patriarcado, y no olviden también ayudar a sus propias Iglesias de origen.

 

El 19 de marzo es la solemnidad de san José. ¿Qué lugar ocupa este santo en su vida como obispo y cardenal?

La fecha de mi ordenación episcopal fue elegida por el papa Juan Pablo II al concluir el Jubileo del año 2000. Por esta razón, las ordenaciones episcopales, que habitualmente se celebraban el 6 de enero, se trasladaron al 19 de marzo de 2001, una fecha particularmente alegre.

¿Por qué? Me gusta decir que san José fue, en cierto modo, el «primer obispo» de la Iglesia, porque fue él quien cuidó de la Sagrada Familia de Nazaret. Hoy podemos considerarlo el «guardián» de la Iglesia. Si María tuvo la misión de dar a luz a Jesús, José recibió la tarea de velar por la Sagrada Familia, protegerla y acompañarla. En este sentido, José es el primer justo de la Iglesia.

Por analogía, el obispo está llamado a ser también un «guardián» de la Iglesia, a ejemplo de lo que expresa san Juan: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (1 Jn 1, 1). ¿No es esta, en el fondo, la misión del obispo?

 

Entrevista realizada por 
el Servicio de Comunicación del Gran Magisterio

 

(19 de marzo de 2026)