Seguir los pasos de Nehemías
Por primera vez, un papa participa personalmente en la presentación oficial de una encíclica escrita por él mismo, un gesto que parece reflejar la voluntad de León XIV de dar ejemplo a la hora de «encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial», como afirmó en la sala Pablo VI el pasado 25 de mayo, lunes de Pentecostés y festividad de María, Madre de la Iglesia.
El mensaje de esta encíclica, Magnifica humanitas, que significa magnífica humanidad, es ante todo que «la inteligencia artificial debe ser desarmada». Según palabras del santo padre, «se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias». León XIV precisa además que «la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte», antes de añadir que el desarme no es suficiente, sino que «debemos construir».
Indicando el corazón de su mensaje, pone de relieve la actitud del profeta bíblico Nehemías, quien, ante las murallas destruidas de Jerusalén, reúne a un pueblo desanimado para propiciar un renacimiento. «El esfuerzo de Nehemías nos habla en el tiempo presente. La inteligencia artificial puede ser una obra de la historia dentro de un horizonte de comunión, en el que el progreso técnico aprende a servir a la vida humana», resume el papa, afirmando en forma de síntesis: «No temamos a la inteligencia artificial, pero sigamos manteniendo viva la cuestión de lo humano».
En la introducción de la encíclica, León XIV evoca dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel (Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Ne 2-6). Al hablar de Babel, el santo padre constata que «cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden». En contraste con esta dispersión, valora aquello que tiende a lograr la unidad, describiendo cómo, tras el exilio babilónico, el profeta Nehemías procede a la reconstrucción de Jerusalén, que se encontraba en ruinas: «No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor». Para el papa, en relación con la técnica y la revolución digital en curso, la elección se sitúa, por tanto, «entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna».
En este espíritu, León XIV lanza un vibrante llamamiento a todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y a todas las mujeres de buena voluntad: «Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85, 11). Esta es la bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante: ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse. Y, con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar».
Magnifica humanitas desarrolla en detalle la historia de la Doctrina social de la Iglesia, sus fundamentos y sus principios. Asimismo, la encíclica profundiza en las promesas de la inteligencia artificial, subordinándolas al humanismo cristiano, e insiste especialmente en la necesidad de preservar la dignidad del trabajo en la transición digital. Además, este gran texto traza un horizonte de compromiso para todos, esa «civilización del amor» correspondiente a la visión de san Pablo VI, que es verdaderamente una «obra de esperanza», pues «la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común».
A modo de conclusión, la encíclica propone a la Virgen del Magníficat como modelo, ya que «la esperanza que sostiene nuestra acción en el mundo es la oración». «Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de este descubrimiento», escribe León XIV, afirmando, desde una perspectiva escatológica, que Dios posee un proyecto que «a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan “los soberbios, los poderosos y los ricos”. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final». En la era de la inteligencia artificial, el papa exhorta a todos los seres humanos a convertirse en «tejedores de esperanza», con la misma fe que María.
François Vayne
(Mayo de 2026)


