«Tierra Santa no es solo un lugar al que apoyar ni un problema que resolver; es una fuente»

Entrevista con el cardenal Pierbattista Pizzaballa

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Intervista a Pizzaballa - 1

Eminencia, la situación de conflicto en Tierra Santa parece casi perpetua. En este contexto, ¿cómo seguir creyendo que la paz pueda llegar algún día sin incurrir en una visión idealista o ingenua? ¿De qué modo la parábola de Jesús —«la buena semilla y la cizaña crecen juntas» (Mateo 13, 24-30)— puede ayudarnos a trabajar por la paz, aun conociendo que el conflicto es casi intrínseco e inherente a las interacciones humanas en Tierra Santa?

La presencia del mal, la cizaña, no llegará a su fin sino con la segunda venida de Cristo. Todos desearíamos que el mal fuese vencido cuanto antes y desapareciera de nuestra vida. Sin embargo, esa no es la realidad. Lo sabemos y, aun así, debemos reaprender constantemente a vivir con la dolorosa conciencia de que el poder del mal seguirá estando presente en nuestra vida y la del mundo. Es un misterio —por duro y exigente que sea— que forma parte de nuestra realidad terrena. No se trata de una actitud de resignación. Al contrario, es una toma lúcida de conciencia de las dinámicas de la vida en el mundo, afrontándolas aun con miedo, sin exponerlas por completo ni ocultarlas.

Por tanto, la paz no debe confundirse con la desaparición del mal ni con el fin de las guerras y de todo lo que el mal, Satanás, siembra en el corazón de las personas. Todos deseamos que esta situación de guerra y sus consecuencias en la vida de nuestras comunidades terminen lo antes posible, y debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para lograrlo, sin dejarnos llevar por ilusiones. No obstante, el fin de la guerra no marcaría el final de las hostilidades ni del dolor que estas provocan, pues el deseo de venganza y la ira continuarían habitando el corazón de muchas personas.

Intervista a Pizzaballa - 5

El mal que parece reinar en el corazón de esas personas no se detendrá; seguirá siempre en acción, incluso de manera creativa. Durante largo tiempo aún tendremos que afrontar las consecuencias de esta guerra en la vida de las personas. Pero, precisamente en este contexto, creer en la paz significa no ponerse al servicio del poder del mal, sino seguir cultivando la semilla del Reino de Dios, es decir, sembrar vida en el mundo. En este contexto de muerte y destrucción, queremos mantener la confianza, unirnos a las numerosas personas que aún tienen el valor de desear el bien y, junto a ellas, crear condiciones de sanación y vida. El mal seguirá manifestándose, pero nosotros seremos el refugio, la presencia que el mal no logra vencer: la verdadera semilla de vida.

 

De entre todos los nombres bíblicos atribuidos a Jerusalén, ¿cuáles le inspiran más al contemplar la situación actual? ¿Podría comentarlos desde la perspectiva de una esperanza invencible?

Existen dos nombres que me conmueven especialmente en el contexto actual: «Ciudad de la Paz» —uno de los significados etimológicos de Yerushalayim— y «Esposa» —o «Prometida»—, tal como se la describe en el Apocalipsis como la «Esposa del Cordero».

«Ciudad de la Paz»: hoy este nombre parece un oxímoron doloroso, una contradictio in terminis. Sin embargo, sigue siendo una profecía, una vocación aún no realizada. Nos recuerda que la paz no consiste solo en la ausencia de guerra, sino también en la plenitud de la vida, la reconciliación y la justicia. A pesar de las rupturas, este nombre mantiene viva la esperanza de que Dios no ha abandonado su proyecto con respecto a esta ciudad.

«Esposa»: en el Apocalipsis, Jerusalén también se presenta como una esposa «adornada para su marido» (Ap 21, 2). Esta imagen evoca la intimidad, la alianza y la belleza deseadas por Dios. Hoy, Jerusalén está desgarrada, dividida y herida, pero la imagen de la esposa recuerda que su verdadera identidad le viene de lo alto, siendo amada y esperada. Esta visión permite ver a Jerusalén más allá de sus conflictos actuales, contemplándola con los ojos de la fe como una realidad en ciernes, llamada a la comunión. Estos nombres infunden una esperanza invencible, pues trascienden la realidad visible para tender hacia la promesa de Dios. Asimismo, invitan a actuar aun en medio de las tinieblas, haciendo que se transformen gradualmente en una realidad viva.

Intervista a Pizzaballa - 2

La nueva Jerusalén de la que habla el libro del Apocalipsis se presenta como la «Esposa del Cordero» (Ap 21, 9). ¿Podemos ya discernir signos de esa nueva Jerusalén que desciende del Cielo en la Jerusalén desgarrada de nuestros días, donde las comunidades apenas se comunican entre sí? ¿Cuáles son esos signos escatológicos y, más ampliamente, cómo podemos, mediante nuestras acciones, favorecer la llegada de la nueva Jerusalén en el corazón de un mundo marcado por el mal y la violencia?

Incluso de manera modesta, es posible discernir signos de la nueva Jerusalén, la «Esposa del Cordero», en la Jerusalén desgarrada de nuestros días, entre los cuales destacan:

-La presencia de «sanadores heridos»: hay personas —creyentes de distintas comunidades, trabajadores humanitarios y artífices del diálogo— que, aunque heridas por el conflicto, continúan tejiendo lazos, cuidando y escuchando. Estas personas ya viven un tipo de relación inspirado en la nueva Jerusalén, una relación que no se deja moldear por el odio, sino por un amor y una esperanza persistentes.

-Lugares de «encuentro frágil»: a pesar de la desconfianza, aún existen espacios —iglesias, iniciativas locales o universidades— donde se llevan a cabo encuentros interreligiosos o intercomunitarios. Estos lugares son como susurros de la ciudad abierta descrita en el Apocalipsis, donde las puertas permanecen abiertas.

-El coraje profético de ciertos líderes religiosos: cuando algunas voces —aunque aisladas— rechazan el lenguaje del odio y llaman a la compasión y a la justicia por todas las víctimas, dan testimonio de la luz del Cordero que ilumina la ciudad.

¿Cómo podemos, mediante nuestras acciones, favorecer la llegada de la nueva Jerusalén en el corazón de un mundo marcado por el mal y la violencia? Siendo «artesanos de paz» en la vida cotidiana, en nuestras palabras y en nuestros gestos; practicando la escucha profética, que nos lleva no solo a atender a nuestra propia comunidad, sino también al sufrimiento y las aspiraciones del otro; e invirtiendo en la educación para la paz desde la infancia, con el fin de romper los ciclos de violencia.

 

En su opinión, ¿por qué medios podría fomentarse el aprendizaje de un nuevo lenguaje para hablar de la paz en Tierra Santa?

Habría que pasar de un lenguaje exclusivo a un lenguaje inclusivo. En lugar de utilizar únicamente palabras provenientes de nuestra propia narrativa, buscar un vocabulario que reconozca las realidades y las heridas de ambas partes, sin negarlas. Esto implica rechazar un lenguaje deshumanizante y promover un lenguaje inclusivo que reconozca el sufrimiento del otro. Es necesario purificar la memoria, reconocer los sufrimientos infligidos y sufridos, y nombrarlos con verdad, pero sin dar la última palabra al rencor. Un lenguaje de paz debe integrar la verdad, la justicia y el perdón, no como alternativas, sino como dimensiones complementarias. Es fundamental formar a los líderes religiosos y a los medios de comunicación, pues desempeñan un papel crucial en la orientación del discurso público hacia la esperanza, y no hacia el miedo o el odio. Asimismo, es preciso practicar un lenguaje encarnado. Más allá de los discursos, se trata de emplear palabras que generen cercanía, reconforten y abran horizontes. Frente a las imágenes de sufrimiento, hay que responder con palabras e imágenes de esperanza. Finalmente, conviene favorecer los espacios de diálogo narrativo donde israelíes y palestinos puedan compartir sus relatos, no para convencer, sino para hacerse escuchar. Este tipo de encuentros permitirá superar los estereotipos y recrear la empatía.

Intervista a Pizzaballa - 3

¿Cuál es su secreto para conservar la fortaleza ante los dramas que vive su pueblo en Gaza y en la Cisjordania ocupada?

No hablaría de un «secreto», sino más bien de arraigo. Lo que permite resistir es, ante todo, la fidelidad cotidiana: permanecer allí, física y espiritualmente, sin huir de la realidad, pero sin dejarse abrumar por ella. Tierra Santa exige una fe despojada. No es posible refugiarse en la abstracción, pues diariamente uno debe enfrentarse al sufrimiento concreto, ante rostros, nombres e historias. Esto requiere una oración sobria, a veces silenciosa, que no busca explicar a Dios, sino simplemente permanecer ante Él.

También existe la certeza de que la Iglesia no está llamada a «tener éxito» según los criterios del mundo, sino a permanecer. Resistir significa aceptar no disponer de una solución inmediata, pero al mismo tiempo rechazar la desesperación. Al final, es el propio pueblo —su dignidad, su capacidad de resistencia y su fe humilde— quien sostiene al pastor, y no al revés.

 

Algunas agencias que prestan ayuda puntual a Tierra Santa a veces aprovechan la ocasión para hacer publicidad. La Orden del Santo Sepulcro, de la que usted es Gran Prior, actúa de manera muy discreta, brindando un apoyo constante a través de sus 30 000 miembros repartidos por todos los continentes. ¿Diría que la Orden del Santo Sepulcro y el Patriarcado latino forman una misma familia? ¿Cómo se manifiesta este vínculo profundo —me atrevería a decir «visceral»— en la vida de la diócesis de Jerusalén que está bajo su responsabilidad?

Sí, realmente se puede hablar de una familia, incluso de un vínculo orgánico. La Orden del Santo Sepulcro no se sitúa al lado del Patriarcado como un benefactor externo, sino que comparte su vida, sus fragilidades y su misión. Este vínculo se expresa, sobre todo, a través de la fidelidad a lo largo del tiempo. El apoyo de la Orden no es ocasional ni depende de la urgencia mediática: es constante, discreto y arraigado en una profunda comunión eclesial.

Concretamente, esto significa apoyar lo esencial, a saber, las escuelas, las parroquias, la formación de los seminaristas y la presencia pastoral en lugares donde, humanamente, sería imposible. Además, la Orden ofrece al Patriarcado algo invaluable: el sentimiento de no estar solo, de participar en una misión universal. Esta solidaridad silenciosa constituye una forma de caridad profundamente inspirada en el Evangelio.

Intervista a Pizzaballa - 4

Todo el mundo quiere «ayudar» a Tierra Santa, pero ¿no sería necesario cambiar de perspectiva de una vez por todas y reconocer que, ante todo, debemos acoger y recibir con humildad un tesoro que nos viene de la Iglesia Madre de Jerusalén? Según su criterio, ¿cómo podría fomentarse este cambio y cuál es ese tesoro? ¿Dónde se encuentra?

En efecto, este cambio de perspectiva resulta fundamental. Tierra Santa no es solo un lugar al que apoyar ni un problema que resolver; es una fuente. La Iglesia de Jerusalén no es únicamente una Iglesia «pobre» en recursos, sino una Iglesia rica en memoria viva del Evangelio.

El tesoro se encuentra en una fe encarnada, marcada por la paciencia, la coexistencia y la aceptación de la cruz sin ideologías. Es una Iglesia que vive el Evangelio sin protecciones, a menudo sin reconocimiento, pero con gran autenticidad. Fomentar este cambio de perspectiva implica, ante todo, escuchar: escuchar a las comunidades locales, sus relatos, sus heridas y su esperanza. Es necesario pasar de una lógica de proyecto a una lógica de comunión.

Recibir de Jerusalén significa aceptar que la fe cristiana nace en la fragilidad, que nunca se confunde con el poder y que se transmite, sobre todo, mediante la fidelidad en la prueba. Ese es, en última instancia, el verdadero tesoro.

 

Entrevista realizada por François Vayne

(15 de enero de 2026)