«Tierra Santa no es solo un lugar al que apoyar ni un problema que resolver; es una fuente»
Eminencia, la situación de conflicto en Tierra Santa parece casi perpetua. En este contexto, ¿cómo seguir creyendo que la paz pueda llegar algún día sin incurrir en una visión idealista o ingenua? ¿De qué modo la parábola de Jesús —«la buena semilla y la cizaña crecen juntas» (Mateo 13, 24-30)— puede ayudarnos a trabajar por la paz, aun conociendo que el conflicto es casi intrínseco e inherente a las interacciones humanas en Tierra Santa?
La presencia del mal, la cizaña, no llegará a su fin sino con la segunda venida de Cristo. Todos desearíamos que el mal fuese vencido cuanto antes y desapareciera de nuestra vida. Sin embargo, esa no es la realidad. Lo sabemos y, aun así, debemos reaprender constantemente a vivir con la dolorosa conciencia de que el poder del mal seguirá estando presente en nuestra vida y la del mundo. Es un misterio —por duro y exigente que sea— que forma parte de nuestra realidad terrena. No se trata de una actitud de resignación. Al contrario, es una toma lúcida de conciencia de las dinámicas de la vida en el mundo, afrontándolas aun con miedo, sin exponerlas por completo ni ocultarlas.
Por tanto, la paz no debe confundirse con la desaparición del mal ni con el fin de las guerras y de todo lo que el mal, Satanás, siembra en el corazón de las personas. Todos deseamos que esta situación de guerra y sus consecuencias en la vida de nuestras comunidades terminen lo antes posible, y debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para lograrlo, sin dejarnos llevar por ilusiones. No obstante, el fin de la guerra no marcaría el final de las hostilidades ni del dolor que estas provocan, pues el deseo de venganza y la ira continuarían habitando el corazón de muchas personas.


