Un vicegobernador general en camino a los altares

James Joseph Norris, laico y servidor de la caridad universal

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Pope Paul VI and James Norris, 1975 - edited El vicegobernador general de la Orden, James Joseph Norris, recibido en audiencia por san Pablo VI en Roma.

James Joseph Norris (1907-1976), laico estadounidense, fue vicegobernador general de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén – Santa Sede. El 8 de diciembre de 1962, solemnidad de la Inmaculada Concepción, el papa Juan XXIII aprobó los nuevos Estatutos de la Orden mediante la carta apostólica Religiosissimo a monument victoriae. Redactados por el cardenal Eugène Tisserant, Gran Maestre de la Orden, estos Estatutos, compuestos por 36 artículos, introdujeron importantes novedades, entre ellas la dimensión internacional de la institución y la creación del Gran Magisterio.

A lo largo de los años, Norris recibió las más altas distinciones de la Orden: fue nombrado Comendador el 16 de diciembre de 1969; Comendador con placa el 10 de noviembre de 1972; y Caballero de Gran Cruz el 20 de octubre de 1976, una condecoración reservada a un reducido número de laicos en reconocimiento a sus méritos excepcionales al servicio de la Iglesia y de Tierra Santa.

El pasado 29 de abril, su hijo Stephen y su nieta Amanda Norris visitaron al Gran Maestre, el cardenal Fernando Filoni, acompañados por Alessandra Scotto, postuladora de la causa, quien impulsa la apertura de la investigación diocesana para la beatificación de este miembro ejemplar de la Orden.

Nacido en 1907 en el seno de una familia profundamente católica, J. Norris forjó desde muy joven una concepción de la vida basada en el compromiso concreto con el prójimo. Recibió una sólida formación universitaria, enriquecida por su experiencia junto a los Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad, quienes promovían el apostolado de los laicos. Más tarde, casado y padre de cuatro hijos, sirvió como oficial de la marina durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella experiencia le permitió constatar el profundo abismo espiritual en el que había caído la humanidad, reforzando su convicción de que la Iglesia está llamada a ser el hogar de una única familia y extendiendo su paternidad a los huérfanos de guerra de todo el mundo. En esta misma línea, a partir de 1951, colaboró estrechamente con Mons. Giovanni Battista Montini —futuro papa Pablo VI— y con el papa Pío XII en la creación de la Comisión Católica Internacional de Migración (CCIM), organismo destinado a coordinar la respuesta de la Iglesia ante las emergencias migratorias y humanitarias surgidas en la posguerra.

Al frente de la dirección para Europa de Catholic Relief Services, conoció de primera mano el drama de los millones de desplazados y refugiados que dejó la Segunda Guerra Mundial.

Elegido personalmente por el papa Pablo VI en reconocimiento a su dilatada experiencia en el ámbito humanitario, Norris se convirtió en el primer laico en tomar la palabra durante el Concilio Vaticano II. Su intervención, titulada De Paupertate Mundiali in schemate de Ecclesia in mundo huius temporis, cap. IV, § 24, exhortó a la Iglesia a traducir su doctrina social en un compromiso concreto frente a las desigualdades mundiales y la pobreza extrema. Ante los padres conciliares, J. Norris lanzó un «apremiante llamamiento a la acción» para promover la creación de organismos e instrumentos que permitieran a la Iglesia asegurar «la plena participación de los católicos en la lucha mundial contra la pobreza». Sus palabras ejercieron una notable influencia en los trabajos conciliares y contribuyeron, en particular, a la redacción del número 90 de la constitución pastoral Gaudium et spes, documento que define la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo y su compromiso con la justicia social. Con aquella intervención, Norris sentó las bases de un modelo de cooperación orientado a inspirar políticas, iniciativas y relaciones institucionales al servicio de las poblaciones más vulnerables.

Al día siguiente de su intervención, J. Norris recibió una carta dirigida a nuestro querido hijo James Norris», en la que el papa Pablo VI lo felicitaba por haber llamado la atención de la Iglesia sobre el drama de la pobreza en el mundo y por exhortar a los católicos a comprometerse de manera concreta con los más necesitados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Pocos días después, en un gesto de profundo valor simbólico y en sintonía con ese llamamiento, el papa renunció a la tiara pontificia para destinar su venta al auxilio de los más necesitados. Aquel acto sin precedentes se convirtió en un signo elocuente del compromiso de la Iglesia con los pobres y marginados.

Al dirigir la CCIM entre 1951 y 1974, Norris consolidó el papel de la organización como interlocutor internacional en el ámbito de las migraciones, trabajando en favor de la protección de los derechos y la dignidad de los migrantes, los refugiados y las personas desplazadas dentro de su propio país. Bajo su presidencia, la CCIM amplió progresivamente su colaboración con las conferencias episcopales nacionales y reforzó su cooperación con las instituciones internacionales. Desempeñó esta misión durante el magisterio del cardenal Eugène Tisserant, Gran Maestre desde el 19 de agosto de 1960 al 21 de febrero de 1972, quien hasta 1959 había sido secretario de la Congregación para las Iglesias Orientales. Por entonces, Norris colaboraba estrechamente con los dicasterios del Vaticano para hacer frente al enorme flujo de refugiados y personas desplazadas procedentes de Europa del Este. Durante el Concilio, el cardenal Tisserant ejercía como presidente del Consejo de Presidencia del Concilio. En los últimos años de su vida, Norris trabajó junto al cardenal Maximilien de Fürstenberg, quien fue Gran Maestre de la Orden del Santo Sepulcro (1973-1987), después de haber desempeñado el cargo de prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales entre 1967 y 1973. En calidad de prefecto, el cardenal belga fue el principal referente de la Santa Sede para la ayuda humanitaria y los programas de reasentamiento de migrantes en Oriente Medio y Europa del Este, gestionados por la CCIM bajo la presidencia de Norris hasta 1974. Durante el pontificado de san Pablo VI, ambos mantuvieron una estrecha colaboración en las iniciativas caritativas de la Santa Sede. Cuando, en 1971, el papa creó el Consejo Pontificio Cor Unum, encargado de coordinar la ayuda humanitaria católica en todo el mundo, el cardenal de Fürstenberg pasó a formar parte de este organismo como miembro de la Curia, donde trabajó mano a mano con Norris, representante de las organizaciones caritativas del laicado estadounidense y europeo.

El 17 de noviembre de 1976, día de su fallecimiento, encontraron en el bolsillo de su chaqueta, a la altura del corazón, un ejemplar de la oración «Acto de Consagración al Espíritu Santo», compuesta para él cincuenta años antes por el padre Thomas A. Judge: «Concédeme que pueda siempre mirar Tu luz, escuchar Tu voz y seguir Tus inspiraciones… Concédeme la gracia, Oh Santo Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, de decirte siempre y en todo lugar: “Habla, Señor, que Tu siervo escucha"». Santa Teresa de Calcuta comprendió la hondura de la vida de Norris, marcada por una auténtica fama sanctitatis, al releerla a la luz de las Bienaventuranzas. Así lo expresó en una carta dirigida a su viuda el 22 de noviembre: «El amigo de los pobres (…) ha regresado a la casa de Dios. Al llegar al cielo, Jesús debió de decirle: “Ven, acércate a mí, porque tuve hambre y me disteis de comer; estuve desnudo y me vestisteis; fui forastero y me hospedasteis”. Lo hizo durante tantos años… Me alegró profundamente haber podido asistir a la misa que se celebró en la basílica de San Pedro (…)».

Este mensaje ha recobrado hoy plena actualidad gracias al renovado compromiso de la Iglesia católica con la justicia social. Ello invita a dar a conocer mejor entre los miembros de la Orden la figura de J. Norris, eminente vicegobernador general y auténtico «laico y servidor de la caridad universal».

Livia Passalacqua

 

(Julio de 2026)