¡No olvidemos a nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa!
Regresar a los lugares santos de nuestra fe es, ante todo, una gracia que hemos de desear y una peregrinación que hemos de querer emprender sin más demora, siempre por amor a las piedras vivas de la Iglesia Madre de Jerusalén. Nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa sufren cada día la ausencia de los peregrinos, por lo que nuestra solidaridad con ellos se hace hoy más necesaria que nunca. Recibirnos les proporciona una alegría difícil de describir y, además, nos permite descubrir y compartir el tesoro que tienen para ofrecernos.
Diez días en el corazón de la Iglesia Madre de Jerusalén: el testimonio de François Vayne.
Este verano, mi esposa Fátima y yo decidimos pasar diez días en Jerusalén como muestra de solidaridad con nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa, profundamente afectados por tres años de guerra y por un aislamiento cada vez mayor, agravado, entre otras razones, por la ausencia de peregrinos. Cuando emprendimos nuestro viaje hacia Tierra Santa, el papa León XIV acababa de pedir, durante el rezo del ángelus del 16 de agosto, el fin de la violencia reiterada contra la población civil palestina en Cisjordania, al tiempo que hacía un llamamiento urgente a la comunidad internacional para avanzar hacia una solución de dos Estados que permita alcanzar una paz justa y duradera.
Al aterrizar en el aeropuerto de Tel Aviv, a primera hora de la mañana del 20 de agosto, un empleado que estaba terminando su turno, conmovido por las medallas marianas que llevábamos al cuello, se ofreció a acompañarnos hasta Jerusalén y pagó él mismo los billetes de tren.


