Taybeh nos envía una señal de alarma

¿Está en peligro la presencia cristiana en Tierra Santa?

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Gonçalo Figueiredo de Barros, lugarteniente de honor de la Orden del Santo Sepulcro para Portugal, ha escrito el presente artículo sobre el drama que vive el último pueblo enteramente cristiano de Tierra Santa. Por nuestra parte, queremos darle difusión para que llegue a todos los Caballeros y Damas del mundo y contribuya a poner de relieve el compromiso perseverante de la Orden con la presencia cristiana en Tierra Santa, así como a rendir homenaje a nuestros hermanos y hermanas bautizados en Cristo, que, tanto en Taybeh como en el resto de los pueblos de la Cisjordania ocupada, afrontan con valentía las reiteradas agresiones que amenazan la supervivencia de sus comunidades. ¡No les abandonemos!

 

Hay lugares cuya realidad va mucho más allá de lo que muestran a primera vista. Taybeh, un pequeño pueblo cristiano de Cisjordania, es uno de ellos. Cuando sus habitantes sufren ataques, incendios, destrucción de bienes y amenazas sobre sus tierras, y crece el temor ante la aparición de nuevos asentamientos avanzados de colonos israelíes, lo que está en juego no es únicamente el destino de una pequeña comunidad de unas 1500 personas. La cuestión es mucho más profunda, pues afecta al futuro de los cristianos de Tierra Santa.

Taybeh, la antigua Efraín, el lugar donde, según el Evangelio de san Juan, Jesús se retiró con sus discípulos antes de la pasión, es hoy el último pueblo enteramente cristiano de Cisjordania. No obstante, su verdadero significado no reside ni en la proporción de sus habitantes ni en las ruinas de la iglesia bizantina de San Jorge —cuyos orígenes se remontan al siglo V—, sino en que allí pervive una comunidad que no es un vestigio arqueológico, sino una población plenamente viva, con sus familias, sus hijos, sus personas mayores, sus profesionales, sus agricultores, sus escuelas, su trabajo, su fe y su esperanza.

Es precisamente esta dimensión la que tan a menudo queda relegada en el debate mediático y político sobre Tierra Santa, pues se habla mucho de territorios, fronteras, seguridad y grandes conflictos políticos y militares, pero muy poco de las personas concretas que, desde hace siglos, dan vida y rostro a su historia.

Cabe recordar que los cristianos precedieron a los musulmanes en Palestina, como señaló en 2021 el entonces ministro de Asuntos Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina, Riyad Al-Maliki, y que, además, comparten con los judíos una historia común arraigada en el Antiguo Testamento. En este sentido, podemos afirmar que la iglesia de Jerusalén es la Iglesia Madre, nacida en el corazón mismo de los acontecimientos fundacionales del cristianismo. Allí se anunciaron el Evangelio, la pasión y la resurrección, y de allí partieron los apóstoles. En este contexto, san Juan Pablo II evocaba la responsabilidad de toda la Iglesia hacia esta comunidad, mientras que el papa Benedicto XVI destacaba la misión particular de los cristianos de Tierra Santa en la construcción de la armonía entre las distintas comunidades.

Por esta razón, proteger a los cristianos de Tierra Santa no consiste en preservar una especie de objetos religiosos, sino en defender las piedras vivas de los Santos Lugares. Una basílica puede seguir en pie, una iglesia puede restaurarse y una inscripción antigua puede salvaguardarse. Pero, si desaparecen las familias, los niños, las escuelas y las parroquias, Tierra Santa corre el riesgo de conservar sus monumentos y perder su alma.

Las cifras hablan por sí mismas y deberían suscitar una seria reflexión. Según los datos oficiales publicados, los cristianos constituían cerca del 11 % de la población de Palestina en 1925, el 8 % en 1950, el 3 % en 1975, el 2 % en 2000 y menos del 1 % en 2025. En Belén, la evolución es aún más significativa: mientras que en 1950 representaban el 86 % de la población, en 2025 no superarían el 8 %.

No se trata solo de una cuestión demográfica. Tras estas cifras hay decenas de emigración, dificultades económicas, conflictos, inseguridad y heridas que tardan en cicatrizar. Y, sobre todo, existe una generación de jóvenes que comienza a preguntarse si aún existe un futuro para ellos en la tierra donde nacieron sus padres y sus abuelos. Esta cuestión adquiere una dimensión aún más acuciante cuando, a través de Internet y la televisión, entran en contacto con el modo de vida de otros jóvenes en distintas partes del mundo.

Es aquí cuando el silencio resulta especialmente incómodo. El declive de la presencia cristiana rara vez ocupa en los medios de comunicación un lugar acorde con su importancia histórica y humana. Los cristianos son una minoría pacífica y, precisamente por ello, disponen de menos medios para hacer oír su voz. No obstante, una minoría silenciosa no es una minoría insignificante.

Taybeh ha puesto de manifiesto esta dramática realidad. Los ataques recurrentes, iniciados en 2025 y continuados en 2026, las amenazas dirigidas contra propiedades y tierras, así como la inseguridad que sienten sus habitantes, muestran cómo la violencia puede producir un efecto aún más profundo que los daños inmediatos: convencer a una familia de que ya no es posible vivir con normalidad en este lugar.

La visita a Taybeh del patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, el pasado mes de agosto, adquirió así un significado que va mucho más allá del propio pueblo. Pizzaballa afirmó que la Iglesia haría todo lo que estuviera en su mano para preservar la presencia cristiana en Tierra Santa y transmitió un mensaje sumamente espiritual y humano: permanecer, vivir, no renunciar al derecho a la vida, ser valientes y no ceder al miedo.

Pero la realidad es que la Iglesia no puede hacerlo por sí sola.

El patriarca latino de Jerusalén desempeña una labor esencial de apoyo a las comunidades, mientras que la red de instituciones de la Iglesia —desde los franciscanos hasta la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, pasando por la Ayuda a la Iglesia Necesitada, Cáritas y otras organizaciones de ayuda— demuestra que la caridad y la ayuda no pueden quedarse en meras intenciones. Es necesario apoyar las escuelas, los hospitales, la vivienda, el empleo, la agricultura, las pequeñas empresas y las iniciativas que den a los jóvenes razones concretas para quedarse.

Las peregrinaciones también pueden constituir una forma extraordinaria de comunión y apoyo. No se trata de hacer turismo religioso, como quien visita un museo, sino de encontrarse con una Iglesia viva. Ir a Tierra Santa, rezar con sus comunidades, descubrir sus dificultades, comprar en sus comercios y bazares, visitar sus instituciones y demostrar a los cristianos que no nos olvidamos de ellos: esta sí es una manera concreta de estar al lado de la Iglesia Madre de Jerusalén.

La comunidad internacional también tiene una serie de responsabilidades. No basta con condenar la violencia, pues es necesario trabajar para crear las condiciones políticas, diplomáticas y económicas que permitan a las familias vivir con seguridad, libertad y dignidad, y disponer de verdaderas perspectivas de futuro.

No podemos aceptar la idea de que la desaparición de los cristianos sea inevitable, sin olvidar que también existe una dimensión política que no puede ignorarse. En una región marcada por la polarización, la violencia y la desconfianza, la presencia cristiana contribuye, además, a humanizar la sociedad y a favorecer la estabilidad. En este sentido, los valores que los cristianos buscan testimoniar —la dignidad de cada persona, el respeto al prójimo, la libertad religiosa, el perdón, la caridad, la educación y la convivencia armoniosa entre las comunidades— pueden aportar una contribución concreta a la reconstrucción de puentes allí donde hoy se elevan muros. Por tanto, defender su presencia no es solo una cuestión religiosa o humanitaria, sino también una forma de contribuir a una sociedad más plural, equilibrada y capaz de encontrar caminos de paz.

Tierra Santa no pertenece exclusivamente a una religión, a un pueblo ni a un único relato. Es un lugar de encuentro, precisamente porque en ella confluyen historias, culturas y tradiciones. Los cristianos pueden y deben tomar parte en esta coexistencia, no como espectadores del conflicto, sino como «sal, luz y levadura», en palabras del cardenal Pizzaballa.

Taybeh es, en este sentido, un signo y un punto de partida, pero la verdadera cuestión es toda Tierra Santa.

Y quizá haya llegado el momento de que el mundo comprenda que defender la presencia cristiana no significa tomar partido por unos frente a otros, sino apostar por la dignidad humana, la pluralidad, la memoria y la posibilidad de un futuro común.

Porque una Tierra Santa sin cristianos podría seguir conservando iglesias, santuarios y piedras antiguas, pero sería una Tierra Santa profundamente empobrecida, en la que Cristo, tras la traición de Judas, sería traicionado una vez más.

Gonçalo Figueiredo de Barros 
Lugarteniente de honor de Portugal

(Septiembre de 2026)