Acoger lo inesperado: la experiencia de José

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Queridos amigos, hemos llegado al final de nuestro viaje. La temporada navideña continúa durante unas semanas más. En su sabiduría, la Iglesia nos ofrece estos días para seguir entrando en este misterio y hacerlo penetrar en nuestra vida. Para esta última cita, vamos a dar la palabra a José, otro testigo directo de todos estos acontecimientos.

 

José

No voy a repetir lo que ya ha dicho María. Yo voy a contar otra cosa. Sabía que como judíos, según la tradición religiosa teníamos el deber, ya que Jesús era nuestro primogénito, de ofrecerlo al Todopoderoso. Así que, ocho días después de su nacimiento le pusimos el nombre de Jesús, después, el día fijado por la Ley de Moisés lo llevamos al Templo para dar gracias a Dios y ofrecer el sacrificio prescrito: dos palomas pequeñas y dos tórtolas. Esta fue la primera vez que el niño Jesús, cuarenta días después de su nacimiento, entró en este majestuoso lugar de la santidad de Dios. Allí nos sorprendió encontrarnos con un hombre piadoso, muy anciano, que quería tomar al Niño en brazos. ¡Increíble! Se estremecía y temblaba de alegría, y sentía en su interior que el Niño era «Aquel que había venido como una luz para iluminar a las naciones y traer la salvación a los que esperaban la misericordia de Dios». Mientras alababa al Señor, se acercó también una mujer bastante mayor: se llamaba Ana y llevaba muchos años sirviendo en el Templo. También ella comenzó a alabar a Dios por este Niño, viendo en él la redención de la humanidad.

Fue una experiencia sorprendente y profunda; nos quedamos callados y pensativos, pero con María nos hicimos muchas preguntas sobre el futuro de nuestro Hijo.

Durante este tiempo, la situación política cambió. Comenzó a circular el rumor de que el rey Herodes se había enterado del nacimiento de un niño que algunos sabios creían de ascendencia real y al que buscaban. Para él, que era un hombre celoso y duro, y para sus ambiciones, esto suponía un golpe y, sin saber quién era el niño ni dónde estaba, ordenó la masacre de todos los niños menores de dos años en la aldea de Belén y sus alrededores. ¡Un horror!

Por eso decidí abandonar inmediatamente Judea, el reino de Herodes. Y Egipto era el país más cercano. Así que, con María y el Niño, recogimos nuestros pocos enseres y nos pusimos de camino hacia Egipto.

La historia que Dios construye con nosotros, déjenme decirles, es siempre impredecible. No es un río largo y tranquilo, está entrelazado con nuestras vicisitudes humanas. No hay padre o madre que no sepa esto.

No diré nada más. Tan solo diré que tras la muerte de Herodes, unos meses después de nuestra huida, volvimos a nuestro país y nos fuimos a vivir a Nazaret. Allí es donde todo empezó.

¡Esto es lo que celebramos con la Navidad litúrgica!

 

(Comentario final)

Saludemos ahora espiritualmente a la pequeña Familia que nos ha hablado durante estos últimos días.

De forma casi ideal, nos encontraremos con José, que nos abrirá la puerta, nos saludará y nos invitará a entrar, porque el visitante, el que llama a la puerta es sagrado en la tradición judía. A pesar de la brevedad de este momento de hospitalidad, José nos dará un trozo de su pan, responderá a nuestras preguntas y nos presentará a María, que nos mirará con una sonrisa benévola y nos invitará a callar, porque el niño Jesús estará durmiendo. Nos preguntará de dónde venimos y por qué hemos venido a visitarles. Por último, nos llevará hasta Jesús recién nacido, que abrirá los ojos y, con una mirada alegre, hará nacer en nosotros una paz profunda.

Ahora Dios está con nosotros, es decir, es el Emmanuel, lo que significa «Dios con nosotros».

Como regalo de nuestra visita, José nos pedirá que no nos olvidemos de los pobres, de los niños abandonados, de las grandes miserias del mundo. También será útil hacer un gesto concreto de caridad, que, como los regalos de los pastores y los Reyes Magos, llevará un poco de consuelo a quienes lo necesitan en Navidad.

 

Fernando Cardenal Filoni

 

(diciembre de 2021)