El mal y la muerte no tendrán la última palabra
«La Asunción no es solamente una verdad de fe, sino una esperanza viva que ilumina la historia humana». (Icono de la Dormición de la Madre de Dios. Abadía benedictina Mater Ecclesiae. Isla de San Giulio, Novara).
Queridos amigos, Caballeros y Damas:
También en este periodo, nuestro espíritu se eleva hacia la Ciudad Santa y hacia aquellos lugares bendecidos donde el misterio de la salvación se hizo presente en la historia. Allí, la solemnidad de la Asunción de María está íntimamente unida a la memoria de la Dormición de la Madre de Dios —venerada desde los primeros siglos por la Iglesia de Jerusalén— y nos conduce al corazón mismo del misterio pascual: desde el Cenáculo hasta Getsemaní y desde la cruz a la gloria de la resurrección.
Durante mi peregrinación a Tierra Santa el año pasado, fui acogido fraternalmente por la comunidad benedictina de la Dormición, por invitación del padre Nikodemus Schnabel. Allí pude constatar una vez más hasta qué punto la teología de Jerusalén nace del recorrido concreto por los lugares santos. En la fe cristiana, nada es abstracto: el Verbo se hizo carne, Dios habitó nuestra historia y la Santísima Virgen María es el signo más luminoso de esta redención del hombre en su totalidad, cuerpo y alma.
La antigua tradición nos transmite la imagen de los apóstoles reunidos en oración en torno a María. Desde allí, en Sion, su cuerpo es llevado al valle del Cedrón, cerca de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos. Este camino no concierne únicamente a María, sino a toda la Iglesia, ya que ella precede al pueblo de Dios en el destino de la muerte y la resurrección. De este modo, la Asunción no es solamente una verdad de fe, sino una esperanza viva que ilumina la historia humana.
En este tiempo marcado por las guerras, las violencias y las divisiones en la Tierra del Señor, la Virgen de la Asunción nos recuerda que el mal y la muerte no tendrán la última palabra. En una homilía memorable pronunciada con ocasión de esta solemnidad, Benedicto XVI puso de relieve tres dimensiones fundamentales de la Asunción. En primer lugar, afirmó que en Dios hay espacio para el hombre, pues el Señor no es ni distante ni indiferente a los sufrimientos de la humanidad. En segundo lugar, expresó que María, como Arca santa, lleva la presencia de Dios al mundo y el mundo a Dios. Finalmente, declaró que en la humanidad puede haber espacio para Dios, ya que el corazón humano está llamado a convertirse en la morada de su presencia.
En este mismo sentido, algunos grandes padres de la Iglesia de Jerusalén, como Juan Damasceno y Modesto de Jerusalén, veían en la Dormición el momento en que María entra plenamente en la Jerusalén celestial para continuar allí su misión de Madre y Abogada de la cristiandad. Desde entonces, no abandona a la Iglesia peregrina, sino que intercede sin cesar ante el trono de su Hijo en favor de todos sus hijos en el mundo.
¡Qué actual nos resulta hoy esta consolación! Mientras somos testigos de tantas heridas abiertas en los lugares santos de Belén, Nazaret, Jerusalén y a orillas del lago de Tiberíades, la Madre del Señor continúa velando por el pueblo cristiano y por todos aquellos que buscan la paz.
Queridos amigos, les encomendamos las intenciones y las oraciones de la Orden del Santo Sepulcro, pidiéndoles que recen por el patriarca, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y todas las comunidades cristianas de Tierra Santa, llamadas cada día a dar testimonio del Evangelio en medio de las pruebas.
La Asunción proclama asimismo la dignidad del cuerpo humano, pues, desde hace siglos, la liturgia de Jerusalén canta la santidad de la materia redimida. María, elevada al cielo, nos anuncia que toda la creación está llamada a la transfiguración final. Como enseña san Pablo: «Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte». En esta misma esperanza resuena el Magníficat, el canto de la Virgen en el Evangelio de la Visitación: «porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». María reconoce que todo es gracia, que todo es don de Dios.
Una fe sin amor a la Madre del Señor permanece incompleta, pues María es el camino seguro que conduce a Cristo. Con esta certeza, oremos para que su intercesión obtenga para el mundo el don de la reconciliación, para los cristianos de Tierra Santa la fuerza de perseverar y, para cada uno de nosotros, un corazón capaz de acoger a Dios. Reafirmemos nuestra convicción de que el Señor no abandona a su pueblo, porque la Jerusalén terrenal, herida por las lágrimas de los hombres, está llamada a convertirse en la Jerusalén celestial, donde Dios será todo en todos.
Fernando cardenal Filoni
(Agosto de 2026)


