"Dormitio" o Pascua de María
El Gran Maestre, el cardenal Fernando Filoni, se encuentra de peregrinación en Tierra Santa, invitado por el abab Nikodemus Schnabel, de la basílica de la Dormición, para celebrar la solemnidad de la Asunción de María en el lugar mismo de Jerusalén que conmemora este misterio. A continuación pueden leer su homilía.
Asunción de María
Este día de mediados de agosto está consagrado en la Iglesia, según una antigua tradición histórico-litúrgica, a la veneración de la Pascua de María, Madre del Señor; una festividad conocida a su vez como el Tránsito de la Virgen, la Dormición de María o, más comúnmente, la Asunción al cielo.
En esta veneradísima basílica, la comunidad de los benedictinos alemanes de la congregación de Beuron destacó la verdad de la tradición teológica y espiritual mariana, cuya primera y gran voz en Jerusalén fue el patriarca Sofronio (634-638). En sus Anacreónticas (elegías sobre el misterio de la Encarnación de Cristo), Sofronio celebraba las grandezas místicas de la santa de Sión y afirmaba haber visto la piedra que, según la tradición, indicaba el lugar en el que murió María. En este lugar sagrado, considerado la última morada terrenal de la Madre de Jesús, hoy nos hacemos peregrinos.
Asimismo, expreso mi profundo agradecimiento al abad Nikodemus por la invitación que me hizo hace un año para celebrar esta solemne Liturgia aquí, en Jerusalén, y agradezco también a toda la comunidad benedictina por su cordial hospitalidad.
Es en este momento cuando nos preguntamos: ¿en qué sentido hablamos de la Pascua de María?
Una antigua y piadosa tradición relata que, en el momento de la muerte de María, los apóstoles se reunieron en este lugar, no muy lejos del Cenáculo, donde el mismo Jesús acudió para asistirla y recoger su último suspiro. Se creía, con una consideración profundamente hermosa y piadosa, que Aquel que había sido engendrado por Ella quiso recoger el último aliento de vida de su Madre. Más tarde, María fue sepultada. Entonces, la Iglesia —según refiere una antigua tradición— no cesó de orar a su Hijo para que la resucitara. Así, un ángel vino, abrió el sepulcro, y el cuerpo de María fue gloriosamente elevado al cielo.
En esta piadosa tradición, todos reconocen una profunda analogía con la muerte, sepultura y resurrección del Señor, quien habría reservado para su propia Madre lo que podríamos llamar la Pascua de María.
La inmemorial tradición teológica de la Iglesia, tal como afirmó el papa Pío XII en 1950 al proclamar el dogma de la Asunción de María al cielo, sostiene que, en su glorioso tránsito desde este mundo, el cuerpo de María no conoció la corrupción y fue elevado al cielo entre el coro jubiloso de los ángeles, patriarcas, mártires y santos. Aquella que había sido preservada del pecado en virtud de los méritos de Cristo fue asunta al cielo en cuerpo y alma.
María, en efecto, había sido llamada a colaborar en el misterio de la Redención divina y, por ello, parecía sumamente apropiado que su cuerpo no experimentara los estragos de la corrupción. Así, podemos considerar que la Pascua de María sigue a la Pascua del Señor Jesús, y que su Asunción al cielo representa la puerta que se abre, al final de su tiempo histórico, hacia la eternidad en la gloria de Dios.
Por tanto, cuando hablamos de la Dormición de María, entendemos que cruzó el umbral final de la vida no con la duda o el temor ante la muerte —comunes a todo ser humano—, sino con el abandono confiado que brota de su inmensa fe en Dios. Esa misma fe que la había acompañado desde su primer Sí al ángel Gabriel, haciendo posible la encarnación de Dios entre nosotros, la acompañó a lo largo de todos los momentos de su existencia: desde la persecución de Herodes contra el niño Jesús, pasando por su larga y silenciosa clandestinidad en Nazaret, hasta la vida pública y el misterio de la muerte y resurrección de su Hijo.
Sin duda, María llevó siempre en su corazón la vida y la muerte de Jesús.
La fe está en el centro de toda la existencia de María: era la misma fe de Israel, alimentada por las promesas hechas a los patriarcas y profetas, la fe de los anawim, es decir, de los humildes y pobres que confiaban en el Altísimo y esperaban la venida de Cristo: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6, 20). María, Hija de Sión, fue la primera de los anawim, pues el Hijo de Dios asumió de Ella la naturaleza humana (LG 55).
María es esa zarza ardiente en cuyo seno se manifestó la teofanía del Eterno; es el Arca de la nueva Alianza, el Santuario, el Templo en el que la gloria de Dios tomó forma humana.
Por tanto, la fe de Israel encuentra en María su expresión más elevada y plena. Por eso, la Iglesia siempre ha proclamado —como recitamos en el prefacio de la solemnidad de hoy— que Dios, preservándola del pecado original, «no permitió que conociera la corrupción del sepulcro a Aquella que engendró al Señor de la vida».
Ahora, planteémonos la siguiente pregunta: ¿Qué da a nuestro camino, a nuestra vida, la Asunción de María? ¿En qué sentido nos concierne? ¿Es simplemente una «doctrina» o significa algo más?
Para responder a la pregunta, me gustaría retomar un pensamiento de Benedicto XVI que, en una homilía pronunciada con motivo de esta solemnidad, habló de una triple dimensión de la Asunción: a saber, que
- en la Asunción vemos que en Dios hay espacio para el hombre: Dios no está encerrado en sí mismo ni es indiferente a la humanidad, aunque muchos piensen lo contrario ante la degradación moral de la humanidad misma;
- que María es el Arca santa que lleva la presencia de Dios: esto es muy hermoso, especialmente si se piensa —como dice san Ireneo de Lyon— que «la gloria de Dios es el hombre viviente»;
- que en la humanidad puede haber espacio para Dios; a lo que añadió: la Asunción de María no significa que María vaya, por así decirlo, a una galaxia desconocida, sino que entra en unión con Dios, que es el fin último de nuestra existencia.
En nuestro mundo, a menudo marcado por la tristeza, los dramas de la guerra y la pobreza de millones de personas que luchan contra enfermedades y están acechadas por la muerte, es fundamental que, como María, nos abramos a la fe y abramos de par en par las puertas de nuestro ser a la esperanza, permitiendo así que Dios entre en nosotros y no sea excluido de nuestra vida ni de nuestra historia.
Actualmente vivimos días muy tristes en Tierra Santa, marcados por el odio y el rencor que ciegan las mentes y los corazones de quienes los emplean para justificar sus acciones políticas, sociales y religiosas. Es precisamente ese odio y rencor el que provoca muertes, destrucción y la aniquilación de personas mediante actos de una violencia inaudita. Sabemos que esto genera y regenera continuamente una cadena de guerras que no respetan lugares sagrados, hospitales, niños ni ancianos, al tiempo que destruyen economías enteras para fabricar y utilizar armas cada vez más sofisticadas y letales.
El odio es la ausencia de Dios, que se instala cuando Dios es marginado de nuestra vida, de nuestras sociedades y de la historia. En este vacío excluyente de Dios, la festividad de María elevada al cielo nos invita a levantar la mirada y a sembrar una semilla de nueva esperanza, para que nadie se resigne al rencor y la violencia.
Que hoy María, hija elegida de esta Tierra Santa, abra los corazones y las mentes de quienes tienen la responsabilidad sobre los pueblos e interceda ante su Hijo —quien, como en Caná de Galilea, no negará su intervención de amor ante las necesidades del mundo—, para que las piedras que cierran los sepulcros en los que parece que la humanidad ha enterrado su conciencia rueden, tal como en el día de la Pascua de Cristo, preludio de la Pascua de María. Es, por tanto, con la confianza y la alegría de la Pascua de Cristo y —hoy— de María, que deseamos mirar hacia adelante con fe, desde Jerusalén y hacia el mundo. .
Fernando Cardenal Filoni
Gran Maestre
(15 de agosto 2025)


